RUSIA, LA UE…. Y LOS DEMÁS, RESPUESTA AL ARTÍCULO DE CARLOS TAIBO

Al artículo de Carlos Taibo, Alfredo Moreno responde con un comentario, que por sus interesantes aportaciones a esta cuestión, considero interesante incluirlo también aquí.

La Unión Europea es una farsa (no se conoce situación alguna en que todos sus miembros hayan mostrado una postura común e inequívoca, y mucho menos que esta postura se acuerde en torno a los derechos humanos o la justicia). Pero las deficiencias de criterio que señala Carlos Taibo no son patrimonio europeo en exclusiva, sino la muestra, una más, de la hipocresía en la que se basa el capitalismo occidental, hasta el punto de que éste sería su primer mandamiento: “Serás hipócrita sobre todas las cosas”, incluso más hipócrita que rico o asesino.

El complaciente tratamiento que la UE depara a Putin y asimilados no es más que la constatación de dos hechos incontestables. En primer lugar, que desde su fundación como hipertrofia de las organizaciones de mercado común de la década de los cincuenta del siglo pasado, la Unión ha abrazado sin miramientos la idea de la Europa del Capital por encima de la Europa de los Ciudadanos, incluso contra ella. En segundo lugar, que en un mundo dominado por el capital, quien tiene la posición de fuerza, es decir, quien suministra la riqueza, o aplica el poder militar para dictar quién puede suministrarla o no, es quien dicta las normas acerca del bien y el mal. Por tanto, si es Putin quien tiene la sartén por el mango en cuestión energética en Europa, la escala de valores de la UE se ve sin remedio mediatizada por el hecho incuestionable de que no hay que enfadar al poderoso, sea ruso o chino, mientras que a aquel que es muy malo en su casa, pero al cual no necesitamos para mantener nuestro nivel de riqueza, es fácilmente sacrificable, aunque haya que buscar falsos pretextos, inventar mentiras en los medios de comunicación o montar guerras preventivas. Eso sí, es cómo y barato: basta presentar la factura para que la operación la paguen otros mediante esos burdos inventos diplomáticos llamados “Conferencias de Donantes”, un remedo de las orgías de los piratas para repartirse el botín, pero, que se sepa sin ron y sin un sable al cinto (y desde que se jubiló Margaret Thatcher, también sin loro). Todo ello sin detenerse en meros detalles de forma, como por ejemplo, si se respeta la legalidad internacional o se conculcan los derechos humanos. Estados Unidos es la cabeza de este sistema de capitalismo fascista, que nos ha impuesto desde el final de la II Guerra Mundial, y Europa, como provincia satélite, su alumna aventajada tras la aceptación del Plan Marshall de recuperación europea.

En resumen, la democracia, la libertad, las constituciones, las leyes internacionales, las conferencias, los foros, la diplomacia, tal como se venden desde el poder no son más que la gigantesca operación de marketing, gigantesca por su coste, pero también por su duración (miles de millones de euros desde la II Guerra Mundial), que da cobertura a esa operación de acumulación constante, creciente y obsesiva de beneficios, llamada globalización, con la que los Ciudadanos debemos hacernos la ilusión de que vivimos en la mejor de las existencias posibles, pensar que se cuenta con nosotros, y que nuestro voto, realmente, vale algo. Y el poder capitalista occidental, llámese Estados Unidos o Europa, no duda en pisotear las grandilocuentes palabras que él mismo ha inventado cuando estas ideas, creadas para desviar la atención de los Ciudadanos, chocan con el primer principio básico, el interés (principio supremo, por encima de las ideas, de los derechos y de la justicia, que son los últimos del escalafón, aunque figuren los primeros en las declaraciones públicas para continuar la farsa).

Quizá la Humanidad se encuentre ante su verdadera prueba de fuego como colectividad social. El enemigo nunca ha sido tan fuerte. El comunismo o el fascismo eran ideologías impuestas con una estética definida, con unas carencias evidentes y unas formas de represión explícitas, que creaban por sí mismas un espíritu de resistencia que terminaba demoliéndolas.

El capitalismo, sin embargo, ha elevado los principios autoritarios a un nivel de perfección tal que han alcanzado la categoría de estado ideal:
– una dictadura no personalista, sino abstracta, cuyo líder es el dinero, que impera más allá de quién sea el ser humano coyuntural que la dirija, y cuya fin es su multiplicación “ad infinitum”, a fin de perpetuarse a sí mismo, de ser inmortal
– el carácter de imprescindibilidad: el sistema ha calado tanto en las propias facultades socializadoras de los Ciudadanos que no podemos imaginar cambios sino a costa de grandes (y quizá graves) sacrificios, acrecentada esta sensación por la imposibilidad de evitar la participación en el sistema como miembro activo del mismo, no quedando otra opción para hacerse con los bienes mínimos para la subsistencia o para satisfacer las necesidades básicas, o teniendo que utilizar los bancos, la gasolina, las comunicaciones, la tecnología, etc. sin alternativa ni escapatoria
– el bajo o nulo (hasta ahora) nivel de contestación popular; tanto el fascismo como el comunismo creaban por su propio funcionamiento mecanismos de resistencia, de rebeldía contra sí mismos. El capitalismo se vale de la más sutil de las técnicas: el bienestar y el miedo a perderlo, que imponen un estado de anestesia generalizada, o más bien, de olvido premeditado y consciente. Si nuestra casa está caliente en invierno y fría en verano, si comemos cada día tres veces, si podemos permitirnos cualquier capricho, si disponemos de horas de ocio, podemos movernos de manera autónoma, aun a costa del medio ambiente, y tenemos al alcance de la mano la tecnología que ha de proporcionarnos la felicidad (aunque sea virtual), ¿quién va a encabezar un movimiento social de cambio que busque una redistribución justa de la riqueza, la justicia y los derechos, y que, por tanto, pueda menoscabar las comodidades adquiridas? ¿Quién estaría dispuesto al sacrificio, a ceder parte de sus privilegios por nada? Y si alguien aparece para liderar el cambio y difundirlo, ¿quién le seguiría? El capitalismo cuenta con que el interés particular y el egoísmo del bienestar maten los deseos de cambio, de rebelión y justicia, y desgraciadamente, lo ha conseguido.
Aplicado esto al artículo de Carlos Taibo, puede plantearse la siguiente pregunta: si como consecuencia de las condenas de los líderes europeos a los excesos de Putin, éste decidiera interrumpir el suministro de energía, o continuarlo en condiciones draconianas para Occidente, ¿cómo reaccionarían los Ciudadanos? ¿Admitirían la justicia de las condenas a Putin y asumirían el precio a pagar, probablemente un aumento disparado del coste de la energía, de manera consecuente? ¿o achacarían la responsabilidad a sus gobiernos por el hecho de no poder calentar sus casas en invierno, pasándoles la correspondiente factura electoral, temor pavoroso de cualquier político? Desde este punto de vista, la reacción de los líderes europeos ante lo que ocurre en Rusia, sin ser justa, parece una consecuencia lógica del sistema en que vivimos, en el que prima la economía por encima de la justicia, y que utiliza el egoísmo como fuerza de presión. Un sistema que dista mucho de ser perfecto, incluso de ser deseable. No parece haber alternativa a la vista.

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