DESPOBLACIÓN, CAUSAS Y RESPONSABILIDADES

Por su interés y profundidad en el análisis, reproduzco este artículo de Ángel Hernández, que se puede leer también en su blog y en el Diario de Teruel.

Hablar sobre el fenómeno de la despoblación es hacerlo sobre un problema enquistado en Aragón, una realidad muy preocupante que sigue sin abordarse en su conjunto, omitiendo el origen y la evolución del proceso.

Es evidente que la despoblación que padece el medio rural aragonés, tiene su comienzo en su manifiesta incapacidad para adaptarse a los sucesivos cambios estructurales que han ido afectando a su economía a lo largo de los siglos XIX y XX, y que devienen fundamentalmente del proceso industrializador. Estos territorios se caracterizaban por su baja competitividad, dada la escasa rentabilidad de sus procesos económicos que imposibilitaban la reinversión del ahorro o la generación de empleo. Ante esa realidad, la falta de oportunidades de negocio se incrementaba, y la necesidad de partir en busca de nuevos horizontes crecía. Esas coyunturas abocaron al medio rural a un éxodo continuado, dada la vigencia de un proceso industrializador y el desarrollo de un modelo capitalista que marginaba a las áreas rurales. A la falta de oportunidades en esas circunstancias tan desfavorables, había que añadir la marcha de los activos más importantes de los territorios, las personas más jóvenes y más emprendedoras. Con su salida se acentuaban las debilidades, iniciándose una espiral en la que como señala Vicente Pinilla “causas y efectos, demográficos y económicos, interactuaban para evolucionar hacia una situación peor, al menos en términos comparativos con las regiones más competitivas”. En esa inercia del desequilibrio, aparecieron diversos polos de desarrollo en entornos urbanos que atrajeron esos flujos migratorios que venían del campo, al que poco a poco se le fue despoblando, agrandando la brecha que separaba a un mundo dinámico y en constante crecimiento, de otro anclado en sus defectos.


Los flujos económicos que orbitaban en las grandes ciudades se hicieron también visibles en la mejora de servicios y equipamientos, en la construcción de grandes infraestructuras, que redundaban en ese efecto llamada, manteniendo esa inercia migratoria en vigencia, hasta que poco a poco se fueron agotando esas reservas demográficas de las que se nutrían las ciudades. Ese mundo interior que se fue vaciando, quedo en esencia aislado, marginado por un desarrollismo urbano que se mantuvo inmisericorde hasta los años 80. A todo ello habría que añadir sus graves secuelas, en forma de envejecimiento poblacional, con una pirámide totalmente invertida, sin un relevo generacional, que garantizase, siquiera a medio plazo, la pervivencia de buena parte de nuestros núcleos rurales.

Sabemos de las causas, padecemos las consecuencias del problema, pero si por un lado atribuimos al desarrollo capitalista y al proceso industrializador buena parte del fenómeno despoblador, no podemos omitir la responsabilidad del Estado en todo lo acontecido. Existe un “delito de omisión de socorro” ante los males estructurales y sociales padecidos por los entornos rurales. El Estado del Bienestar no cumplió, y todavía incumple, con sus prerrogativas de dotación y garantía de servicios públicos (educación, sanidad, cultura, centros asistenciales, ocio). Omitió las inversiones en estructuras, en comunicaciones, en la corrección de esos desequilibrios que han puesto en cuestión el modelo de ordenación del territorio. Ha habido pues una “dejación de funciones”, justificada por los elevados costes, pero que resulta injustificable por el escaso rédito electoral que proporcionamos los habitantes de estas áreas. Estamos pues en condiciones de exigir una reparación para con esa deuda histórica, que no sólo ha supuesto el abandono de buena parte de nuestros pueblos, sino que ha hipotecado el futuro de gran parte de nuestro medio rural, y de las sucesivas, y cada vez menos numerosas, generaciones. Tampoco podemos omitir a esa ciudadanía que es corresponsable por pasiva, a esos electores/votantes/ciudadanos que sostienen a políticos y a partidos que practican ese olvido sistemático, que se desentienden de su entorno social, territorial y afectivo, y que no ejercen compromiso alguno con su tierra, también ellos deberían reparar sus culpas.

El futuro no pasa por parches, programas vacíos de presupuesto, planes puntuales y deficitarios, por míseras concesiones económicas que son el pan de hoy, pero el hambre del mañana. Es necesaria una política integral en todos los ámbitos, que abarque a todo el territorio, que lo vertebre con buenas comunicaciones (responsabilidad esta que corresponde al Estado), que lo dote de servicios, que vele por la integración de los nuevos pobladores, que garantice la preservación del medio y del patrimonio histórico y cultural, y que permita que los jóvenes regresen de nuevo a sus casas y puedan revertir en el futuro de su tierra la formación que han adquirido. No podemos permitir, como bien se denuncia desde CHA, que hasta 2020 cinco comarcas aragonesas, Aranda, Campo de Belchite, Cinco Villas, Maestrazgo y Sierra de Albarracín, no vayan a recibir ni un solo euro del Estado para la mejora o creación de infraestructuras. No estamos pidiendo imposibles para un Estado con superávit, pedimos lo que es de justicia, que se repare al medio rural de tantos años de olvido. Ahora es un buen momento para prometer, que más adelante ya exigiremos.

Angel Hernández Sesé – Historiador y portavoz de CHA en la Comarca del Bajo Aragón

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