LEONARDO BOFF Y JON SOBRINO, COMPAÑEROS DE TRIBULACIÓN

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Continuando con el post de ayer sobre si existe una iglesia para todos(los católicos, por supuesto), he considerado interesante reproducir este artículo de Leonardo Boff, representante de la teología de la liberación, solidarizándose con Jon Sobrino. Por cierto, hablando de Jon Sobrino, algunos nos preguntamos cuándo la iglesia católica considerará mártires a Oscar Romero o a Ignacio Ellacuría y a sus compañeros asesinados. Probablemente nunca por la misma razón que los curas de San Carlos Borromeo de Vallecas, en vez de ver reconocida su labor son castigados incomprensiblente por llevar a la práctica el mensaje de Cristo.

Jon, amigo y hermano: La «notificación» de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Santo Oficio) condenando opiniones tuyas sobre Cristo porque no se ajustarían a la fe cristiana, me llenó de profunda tristeza. Vi funcionar contra ti el mismo método y la misma forma de argumentación usados contra mí con referencia a la doctrina sobre la Iglesia. El método es el del pastiche, que consiste en pinzar partes de frases y combinarlas con otras, creando así un sentido que ya no corresponde a lo que el autor ha escrito. O si no, distorsionan los textos de forma que el autor no se siente representado en ellos. Entiendo y apoyo tu decisión valiente: «no me siento en absoluto representado en el juicio global de la notificación; por eso no me parece honrado suscribirla. Además sería una falta de respeto a los teólogos que han leído mi obra y no han encontrado en ella errores doctrinales ni afirmaciones peligrosas».

De hecho, eminentes especialistas en el área analizaron, a petición tuya, tus obras: Sesboué de Francia, González Faus de España, Carlos Palacio de Brasil, entre otros. Todos fueron unánimes en reafirmar su ortodoxia. ¿Por qué no han contado esas opiniones? Esto nos hace sospechar que tu condenación ha sido solamente un pretexto para golpear una vez más a la teología de la liberación, comprometida con el pueblo crucificado, cosa que no agrada al Vaticano.

Pero lo que más me duele es que te escogieran precisamente a ti para este intento espureo. Tú eres un superviviente del martirio, cuando en noviembre de 1989 en El Salvador toda tu comunidad de seis jesuitas, junto con la empleada y su hija, fueron asesinados por elementos de las fuerzas armadas.

Habías ido a Tailandia a sustituirme en un curso que yo no podía atender, y así escapaste de ser también asesinado. Tu testimonio «Los seis jesuitas mártires de El Salvador» es una de las más bellas páginas de espiritualidad y de conmoción escritas en la Iglesia de América Latina. Te escogieron a ti, a quien considero el más profundo teólogo latinoamericano, el que mejor articula espiritualidad y teología, inserción en el pueblo crucificado y reflexión, el que (lo digo sinceramente) presenta en mayor grado las virtudes insignes que caracterizan la santidad. Separaron tu obra de tu vida doliente y amenazada, como si pudiesen separar el cuerpo del alma. Sólo autoridades «carnales» que perdieron todo sentido del Espíritu, como diría san Pablo, podrían perpetrar tamaña agresión.

Pero hay una razón más profunda. Tu teología incomoda a las autoridades religiosas que se asentaron sobre el poder sagrado y se han fosilizado en él. Tú siempre has insistido en que la Iglesia debe decir la verdad sobre la realidad, que en nuestro Continente es brutal para con los pobres porque los mata de hambre y de exclusión. Por eso la Iglesia aquí tiene que ser liberadora. Articular fe y justicia, teoría y praxis, y hacerse fundamentalmente Iglesia de los pobres y de los pueblos crucificados.

Bien dijo Don Oscar Romero, también asesinado en El Salvador, a quien tú tanto asesoraste: «Se mata a quien estorba». Tú participas en cierta forma de este destino. Sé que seguirás trabajando y escribiendo para que los crucificados puedan resucitar. En el fondo sé que te alegras en el Espíritu de poder participar un poco de la pasión del pueblo sufriente.

Compañeros de tribulación, entendemos que el servicio último no es a la Iglesia, sino en la Iglesia a Dios, a las personas, especialmente a los pobres, que un día juzgarán si nuestra teología fue únicamente ortodoxa y no ortopráctica, que es la que realmente sirve a la liberación.

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Una respuesta

  1. Lamentable. Como toda dictadura ideológica o religiosa, la jerarquía eclesiástica trata de depurar los elementos no afectos, y para ello busca excusas al viejo estilo inquisitorial (o no tan viejo, ahí tenemos al Papa), la manipulación de los textos, frases sesgadas, testimonios dudosos cuando no comprados… Si son tan dados a utilizar sus viejos métodos, ¿cómo no estar seguros de que, al igual que remitían antiguamente a los condenados al brazo secular para las ejecuciones con el fin de no mancharse las manos, no han estado haciéndoles el trabajo sucio los escuadrones paramilitares que sembraron Latinoamérica entre los 70 y los 90, financiados, entrenados y aplaudidos por los Estados Unidos y jamás condenados por la Iglesia?Desde la distancia, a mí no me cabe ninguna duda de que tras esas muertes está la orden concreta de la Iglesia, o al menos, una anuencia silenciosa y un aplauso mudo, lo cual es igual de asqueroso.

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