UN TUNECINO EN GUANTÁNAMO

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No hay que perder nunca la oportunidad de poder hablar de personas, que algunos se empeñan en convertir en sombras, en borrar su rastro del mundo. Descubrimos en Rebelión la historia de Lofti Lagha, uno de esos cabezas de turco con los que el gobierno estadounidense está consiguiendo llevar su tradicional falta de respeto a los derechos humanos a un alto grado de refinamiento.

Un tunecino en Guantánamo

Andy Worthington

CounterPunch

Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Además de los informes relativos a Abdullah bin Omar, detenido en Guantánamo, un tunecino que el domingo 17 de junio fue enviado al país donde nació, donde se teme que pueda ser sometido a torturas y abusos, tenemos la historia de otro tunecino, quien, atado y con grilletes, compartió con él traslado en un avión estadounidense. Al contrario que Omar, que estuvo representado por abogados que hicieron todo cuanto pudieron para dar publicidad a su caso, no hubo nadie para hablar de Lofti Lagha, de 38 años, y no hay forma de saber si va a ser también perseguido a su vuelta al país. Hasta el momento, incluso su identidad había permanecido oculta y no ha sido revelada ni por EEUU ni por las autoridades tunecinas.

Debido a la decisión del Tribunal Supremo, en junio de 2004, estableciendo que los prisioneros de Guantánamo tenían derecho a someter su detención a los tribunales estadounidenses (un derecho que fue eliminado por el Congreso en el pasado mes de octubre), alrededor de de 200 detenidos pudieron aprovechar una oportunidad que tanto costó lograr, pero, por alguna razón –bien porque no confiaba en los abogados estadounidenses, o porque no halló forma de establecer contacto-, Lofti Lagha no fue uno de ellos. Como cientos de otros detenidos en Guantánamo sin representación legal, las únicas personas con las que se encontró a lo largo de cinco años y medio que no formaban parte de la administración estadounidense que le encarceló sin acusaciones ni juicio, fueron, en alguna ocasión, representantes de la Cruz Roja y, casi con total seguridad, representantes de los servicios de inteligencia de su patria, gobernada por un régimen represivo y hermético, controlado por el dictador Zine el Abidini Ben Ali desde hace ya veinte años.

Aunque Lagha no era uno de los prisioneros completamente sin voz en Guantánamo -un dudoso privilegio reservado a 22 detenidos cuyos nombres, reeditados de listas publicadas el pasado año por el Pentágono, pueden encontrarse página tras página en Internet, pero de quienes no se ha publicado historia alguna en absoluto-, todo lo que existe de dominio público sobre sus 2.000 días de encarcelamiento son tres páginas de notas en el Sumario de Evidencias sin Clasificar de la Junta de Estudios Administrativos sobre la vista celebrada en 2005 –convocada para asesorar si debería aún ser considerado como “combatiente enemigo”-, a la que, al igual que en el caso de un anterior tribunal, no asistió.

Lo que puede deducirse de este embrollo de detalles biográficos, afirmaciones contradictorias y alegaciones insustanciales enmascaradas como evidencias es que Lagha sirvió en el ejército tunecino cuando era joven, y que entonces, supuestamente, “robó una barca para entrar ilegalmente en Italia junto con un egipcio y otro tunecino”, donde utilizó un documento falso de identificación. En Milán, donde parece que se estableció, se afirmó que se “había asociado con varios tunecinos” en un centro cultural (lo que es muy sorprendente), y que “entre las personas a las que frecuentaba en el centro cultural” había “al menos un individuo que pertenecía a una red terrorista, que aseguraba el apoyo financiero a grupos terroristas mientras que reclutaba también activamente voluntarios para los campos de entrenamiento patrocinados por Osama bin Laden en Afganistán”. Se señalaba también que “frecuentaba a elementos de la Jamaat-al-Tablighi” (sic). Jammat-al-Tablighi –fundada en la India en la década de 1920-, una inmensa organización misionera de ámbito mundial con millones de miembros, se declara no política pero causa preocupación en Occidente debido por su conservadurismo riguroso, aunque ninguna de las críticas dirigidas hacia ella se ha cercado a la hipérbole utilizada en Guantánamo, donde, al igual que en las “pruebas” contra Lagha, es descrita regularmente como una “organización misionera islámica con sede en Pakistán, que es utilizada como cobertura para enmascarar viajes y actividades de terroristas, incluidos los de Al-Qaida”.

Siguiendo adelante con las razones de Lagha para abandonar Italia, se alegó que viajó a Afganistán a comienzos de 2001, donde fue “enviado por el jefe de una red terrorista para que recibiera entrenamiento militar”, aunque también se dijo que viajó en abril de 2001 “tras sentirse inspirado para llevar a cabo la yihad” por un reclutador de una mezquita en Italia, y también se afirmó que viajó con un compañero que era “miembro de una red terrorista y un terrorista convicto”. Según la inteligencia militar estadounidense, su comunicante italiano le puso en contacto con un tunecino en la ciudad oriental de Jalalabad, quien había dirigido anteriormente el campo de entrenamiento de Durunta, y este hombre, a su vez, le presentó a otros dos tunecinos, un “supuesto” miembro del Grupo Islámico Armado Argelino (GIA) y otro conectado con Hezb-e-Islami Gulbuddin, una milicia afgana dirigida por Gulbuddin Hekmatyar, un renegado señor de la guerra fuertemente financiado por los estadounidenses en la década de 1980 y descrito ahora como un terrorista que “dirigía campos de entrenamiento terroristas en Afganistán” y que “organizaba ataques para obligar a las tropas estadounidenses a retirarse de Afganistán”.

Capturado en diciembre de 2001, tras cruzar desde Afganistán a Pakistán, se alegó que, tras su arresto, Lagha “había comentado a otros que venía de las montañas de Tora Bora”, aunque esto no prueba que estuviera en Tora Bora con los hombres de Osama bin Laden, y es posible que, como otros innumerables detenidos (muchos de los cuales están aún en Guantánamo), estuviera atravesando las montañas camino de Pakistán. El alegato más risible de todos era que “había visto a miembros de los talibanes en Afganistán”, un hecho que sólo un ciego podría eludir. La propia explicación de Lagha sobre su presencia en Afganistán se encontró en una sección de la “evidencia” descrita como “factores que favorecen la liberación o traslado”, en la cual se señalaba que había declarado que fue a Afganistán como turista, que pasó el tiempo “pescando y en actividades recreativas” en Jalalabad y que, una vez empezada la guerra, se fue de Afganistán. Insistió en que nunca se había entrenado en un campo en Afganistán, que nunca tomó las armas contra los estadounidenses ni contra nadie, añadiendo que “pensaba que el sistema de creencias de Al Qaida era extraño y que no eran buena gente”.

Extraer razones sobre su liberación de la confusa semi-narrativa presentada por las autoridades estadounidenses es desde luego absolutamente imposible. ¿Estaban sus conocidos realmente entre quienes las autoridades decían que estaban, o toda la historia revelada no era sino un conjunto de mentiras? ¿Quizá denunció a sus compañeros para escapar de Guantánamo o las autoridades le dejaron ir porque concluyeron que habían agotado ya cualquier dato útil para la inteligencia? Podemos no saberlo nunca. Sin embargo, lo que puede afirmarse con absoluta certeza es que intentar obtener un destello de verdad a través de una maraña de insinuaciones es un pobre sustituto, tras cinco años y medio, de un sistema más antiguo, más rápido y más efectivo: un tribunal con acusaciones adecuadas, evidencias transparentes, un proceso judicial, abogados de la defensa, juez y jurado.

Andy Worthington (www.andyworthington.co.uk) es un historiador británico y autor de “The Guantánamo Files: The Stories of the 774 Detainees in America’s Illegal Prison” (que Pluto Press publicará en octubre de 2007). Puede contactarse con él en: andy@andyworthington.co.uk

Fuente: http://www.counterpunch.org/worthington06222007.html

Sinfo Fernández forma parte del colectivo de Rebelión y Cubadebate.

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Una respuesta

  1. Otra vergüenza más de la enorme lista que acumulan Bush y sus amiguitos. Qué perros.

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