ARAGÓN, PATRIMONIO PERDIDO, POR BASTIÁN LASIERRA

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Me envía mi amigo Bastián Lasierra este artículo sobre el cuantioso patrimonio cultural aragonés que se ha ido y se seguirá perdiendo, de no cambiar la política de los que se supone son responsables de la defensa y protección del patrimonio de tod@s l@s aragoneses. En su texto, nos situa tanto la pérdida del patrimonio lingüistico como del artístico, o cultural en un sentido amplio. Creo que os gustará tanto como a mi.

Aragón, patrimonio perdido.
Hace muchos años que lo vengo diciendo. Ahora lo dicen muchos. Menos mal. Algo hemos avanzado. No hay derecho a que nos esquilmen nuestro patrimonio artístico ni cultural. No hay derecho a que desvalijen nuestros pueblos, a que nos quiten el agua, nos arramplen nuestra geografía haciendo catalán hasta el Aneto. Nos lo quitan todo, todo.
Estoy pensando ahora que tenemos la misma razón que la Academia Brasileña de Letras cuando sentenciaba: “Somos inmortales, sí: no tenemos dónde caemos muertos”.
Pero tampoco hay derecho, creo sinceramente, a que ni siquiera nosotros sepamos apreciar lo nuestro y hasta nos carguemos nuestras cosas. ¿Tenemos remedio? Cualquier pardillo puede pontificar sobre lo nuestro con una incultura que raya en el ridículo.
Yo, cuando veo el nombre de Echo escrito con hache, se me llevan los diablos. Alguien decidió que el pueblo no era del verbo “echar” sino del verbo “hacer” y ¡hala! Hecho que te pego: ya está hecho.
O cuando compruebo que algún señor ingeniero de Obras Públicas decide (porque lo mando yo) que ese pueblo no puede llamarse Santa Cilia, sino Santa Cecilia, ni aquél Santa Muera, sino Santa Maura.
O un secretario de pueblo, porque le sale de sus reales, convierte la fusión de dos pueblos de nombre tan aragonés como Beranuy y Calbera en Veracruz, con una inteligencia intelectual 0. O simplemente –prefiero pensarlo así, antes que tratarlo de analfabeto, que parece que no está bien en un secretario- por desconocimiento total de nuestra toponimia.
Este verano, tuve una decepción más. Con motivo de la restauración del precioso monasterio de San Pedro de Siresa.
Arquitectónicamente, nada que oponer y felicitaciones. Como enamorado de mi Aragón, un verdadero sofocón. Me explico:
No lo había visitado desde los años setenta, antes de su restauración. Siempre tengo la costumbre de ir tomando notas y la memoria se amplía cuando se repasan. Es una suerte poder contar las cosas en primera persona.
Ya se murió el señor José, aquel abuelico que hacía de cicerone si no, con profundos conocimientos de arte e historia, sí al menos con un cariño inmenso por el monasterio y con una sabiduría heredada de una tradición centenaria y aumentada con los comentarios de todo tipo que debió escuchar durante sus explicaciones.
Recuerdo que comenzaba: “¿Dónde han visto ustedes un empedrado como éste?” Si alguno sugería que en el patio de su casa, o en tal o cual calle, él, triunfante, remachaba: “No, no. Esto es completamente diferente”. Y comenzaba las explicaciones.
No se trataba de simples dibujos geométricos. Allí todo tenía un sentido y un simbolismo que por desgracia hoy nos resulta inexplicable.
De entrada, la planta del templo no presenta una cruz, sino dos: la normal, la que se observa a primera vista, formada por la nave principal y el crucero; y otra, disimulada, que dibuja el empedrado y enlosado de la parte posterior. Este hecho puede que sea el único en la arquitectura religiosa. Pero hay más cosas que también son únicas: todo el dibujo está ejecutado por líneas trazadas con cantos rodados y planos, pero colocados verticalmente en forma de espigas, o mejor aún, de peces, porque el pez es el anagrama griego de Cristo, el famoso IJZUS de las primeras cristiandades.
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