EL PSOE CONTEMPLA LOS TRASVASES

La enorme producción normativa que se produce en una sociedad tan compleja como la nuestra hace que determinadas disposiciones pasen desapercibidas a la opinión pública. Uno de esos casos puede ser el Real Decreto 907/2007, de 6 de julio, por el que se aprueba el Reglamento de Planificación Hidrológica. Un texto elaborado y aprobado por el Gobierno del PSOE, y en el que se deja la puerta abierta a nuevos trasvases entre cuencas hidrográficas hasta el año 2027. Cuando el Reglamento se refiere a la elaboración de un Plan hidrológico de carácter nacional, se dice que incluirá  «la previsión y las condiciones de las transferencias de recursos hidráulicos entre ámbitos hidrológicos de distintos planes hidrológicos de cuenca». Además, deberá contemplar «las medidas necesarias para la coordinación de los diferentes planes hidrológicos de cuenca», lo que incluye la corrección de los hipotéticos déficit que puedan incluir, y «la solución para las posibles alternativas que aquellos ofrezcan». Es decir, trasvases con todas las letras.

TOPONIMOS ARAGONESES, POR BASTIÁN LASIERRA

Topónimos aragoneses: “Barranco Esgarrafiestas

Existen en nuestra geografía algunos topónimos tan expresivos que enseguida nos cautivan por su capacidad de sugerencia. Por ejemplo, el galayo del Contrabandista, la cueva de las Brujas, el puente del Diablo y muchos más por el estilo.

A mí me chocó uno que hoy os quiero comentar: el “barranco Esgarrafiestas”. Es como todos los barrancos. ¿Quién no ha visto alguno? Zaborros, despeñaderos, juncos, maleza, poca agua hasta que se le hinchan las narices…

Ya sabéis. Lo que nos sobran son barrancos por nuestra tierra. Lo particular de éste es el nombre, que, además, es nombre familiar. No lo busquéis en el mapa; allí os pone otro nombre mucho más serio, pero mucho menos expresivo y cariñoso: “barranco de Vadiello”, aunque las gentes de la redolada desconocen éste su nombre verdadero.

Para los de Ardisa, Piedramorrera y Biscarrués es sencillamente el “barranco Esgarrafiestas”. Hay algo de frustrante en el apodo. Y, a propósito, en Biscarrués tienen también “Casa Esgarrachupas”. ¿Cuántas chupas destrozarían en esa familia? Tal vez sólo una, que ya dice el refrán que “por un perro que maté me llamaron mataperros”. La chupa era un “abrigallo” sin mangas, como me aclaran en cheso. ¿Palabra chesa en la Gallinera?… no sé, lo dejo…

Quizás también el barranco que comento no aguó más que un año las fiestas.
Y como no se más, no me queda otro remedio que echarle imaginación.

Yo ya intenté desvelar el misterio, y mi saliva y mi tiempo me costó, pero solo conseguí distintas versiones según el lugar en que preguntaba.
En Ardisa celebran su fiesta mayor para Santiago, en la canícula de julio. ¡Pero qué fiestas! Si los de Biscarrués no quieren que su San Sebastián sea menos que la Santa Cecilia de Ayerbe, ellos no iban a ser menos que los de Biscarrués.

Ya no digo que compita Piedramorrera para San Babil. Primero, porque las fiestas son en invierno y no es muy fácil darles tanto aire festivo; segundo, porque Piedramorrera (Piamorrera dicen en la redolada) es así de pequeñico; y, tercero, porque hasta la iglesia dedicada al santo la tienen fuera del lugar, que ya reza el dicho “pintas menos que San Babil en Piamorrera”.

Bueno, estábamos con Ardisa y sus fiestas. Y aquel año debieron de ser muy especiales, con músicos de fuera y todo. Con ronda por la noche y rosario de la aurora por la mañana. Y tortas y “coscaranas” y anís y puestos de “calcagüetes” y “pedorretas”. Y bandeo de campanas por todo lo alto, ¡que menudas campanas tienen! Y el mayo más alto que jamás se había plantado en la Galliguera. Y corridas de pollos y albadas al amanecer.

¿Quién es el guapo que se iba a perder las fiestas?

Los de Biscarrués no, desde luego. Y, además, con su típico aire un tanto socarrón, hasta llevarían sus propias botas de vino para embromar a los “fafumaus” de Ardisa.

Los dos pueblos, como buenos vecinos aragoneses, siempre estaban peleándose. Sobre todo desde aquel año que venía la peste de la parte de Zaragoza. Los “caballos soberbios”, que así apodan a los de Biscarrués, en cuanto aparecía un ardisano por su pueblo lo tenían que desinfectar por si era portador del vibrio de Koch -ellos decían “por si llevaba cucos”- y el método más expeditivo, por lo visto, era pasarlo por la humareda de unas hogueras que prendían con hojarasca húmeda. Así quedaban desinfectados y desde entonces se quedaron con lo de “fafumaus”.
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