TOPONIMOS ARAGONESES, POR BASTIÁN LASIERRA

Topónimos aragoneses: “Barranco Esgarrafiestas

Existen en nuestra geografía algunos topónimos tan expresivos que enseguida nos cautivan por su capacidad de sugerencia. Por ejemplo, el galayo del Contrabandista, la cueva de las Brujas, el puente del Diablo y muchos más por el estilo.

A mí me chocó uno que hoy os quiero comentar: el “barranco Esgarrafiestas”. Es como todos los barrancos. ¿Quién no ha visto alguno? Zaborros, despeñaderos, juncos, maleza, poca agua hasta que se le hinchan las narices…

Ya sabéis. Lo que nos sobran son barrancos por nuestra tierra. Lo particular de éste es el nombre, que, además, es nombre familiar. No lo busquéis en el mapa; allí os pone otro nombre mucho más serio, pero mucho menos expresivo y cariñoso: “barranco de Vadiello”, aunque las gentes de la redolada desconocen éste su nombre verdadero.

Para los de Ardisa, Piedramorrera y Biscarrués es sencillamente el “barranco Esgarrafiestas”. Hay algo de frustrante en el apodo. Y, a propósito, en Biscarrués tienen también “Casa Esgarrachupas”. ¿Cuántas chupas destrozarían en esa familia? Tal vez sólo una, que ya dice el refrán que “por un perro que maté me llamaron mataperros”. La chupa era un “abrigallo” sin mangas, como me aclaran en cheso. ¿Palabra chesa en la Gallinera?… no sé, lo dejo…

Quizás también el barranco que comento no aguó más que un año las fiestas.
Y como no se más, no me queda otro remedio que echarle imaginación.

Yo ya intenté desvelar el misterio, y mi saliva y mi tiempo me costó, pero solo conseguí distintas versiones según el lugar en que preguntaba.
En Ardisa celebran su fiesta mayor para Santiago, en la canícula de julio. ¡Pero qué fiestas! Si los de Biscarrués no quieren que su San Sebastián sea menos que la Santa Cecilia de Ayerbe, ellos no iban a ser menos que los de Biscarrués.

Ya no digo que compita Piedramorrera para San Babil. Primero, porque las fiestas son en invierno y no es muy fácil darles tanto aire festivo; segundo, porque Piedramorrera (Piamorrera dicen en la redolada) es así de pequeñico; y, tercero, porque hasta la iglesia dedicada al santo la tienen fuera del lugar, que ya reza el dicho “pintas menos que San Babil en Piamorrera”.

Bueno, estábamos con Ardisa y sus fiestas. Y aquel año debieron de ser muy especiales, con músicos de fuera y todo. Con ronda por la noche y rosario de la aurora por la mañana. Y tortas y “coscaranas” y anís y puestos de “calcagüetes” y “pedorretas”. Y bandeo de campanas por todo lo alto, ¡que menudas campanas tienen! Y el mayo más alto que jamás se había plantado en la Galliguera. Y corridas de pollos y albadas al amanecer.

¿Quién es el guapo que se iba a perder las fiestas?

Los de Biscarrués no, desde luego. Y, además, con su típico aire un tanto socarrón, hasta llevarían sus propias botas de vino para embromar a los “fafumaus” de Ardisa.

Los dos pueblos, como buenos vecinos aragoneses, siempre estaban peleándose. Sobre todo desde aquel año que venía la peste de la parte de Zaragoza. Los “caballos soberbios”, que así apodan a los de Biscarrués, en cuanto aparecía un ardisano por su pueblo lo tenían que desinfectar por si era portador del vibrio de Koch -ellos decían “por si llevaba cucos”- y el método más expeditivo, por lo visto, era pasarlo por la humareda de unas hogueras que prendían con hojarasca húmeda. Así quedaban desinfectados y desde entonces se quedaron con lo de “fafumaus”.

Aquel año, como echaban la casa por la ventana, los ardisanos esperaban impacientes a los de Biscarrués. Pero éstos no llegaban. Y no era por falta de ganas, no. Habían salido del pueblo al mismo tiempo que los nubarrones de la sierra de Santo Domingo.

Y se conoce que la “tronada” corrió más que ellos. En un decir “Jesús”, el cielo se vino abajo, y “agua con piedra, sin cribar”, como dicen los de Almudévar.

Y nuestro humilde y modoso barranco de Vadiello, que hacía su monótono recorrido de todos los días desde las coronas de Piedramorrera y el monte Cirbala para buscar el Gállego, se esbotó, se salió de madre, arrastró el “pontaz” del camino viejo y dejó “fafumaus” y “caballos soberbios” con un palmo de narices. Ni de aquí para allá, ni de allá para aquí.

Los comentarios a grito pelado debieron de resonar a través del barranco:

-¡Lentorros!, a ver si os dais prisa y llegáis de una vez.

-¡A ver si ponéis un puente mayor, espabilaus! ¿Es que no tenéis tablones en el pueblo?

Pero los unos se quedaron sin visitantes -con lo importantes que eran las fiestas presenciadas por forasteros, que lo más sabroso era presumir delante de ellos- y los otros se quedaron sin fiestas.

A los unos les sobró el asado y los otros se quedaron en ayunas, sin que les llegaran ni las “esgarrapaderas”.

El espectáculo de ver el regreso del barranco a su respectivo pueblo por parte de los dos grupos podía parecer la vuelta de los vencidos.

Y todo por un barranco que parecía tonto o, al menos, ingenuo. ¿Quién lo iba a decir?, ¡el mosqueta muerta!

Desde entonces y ya para siempre se quedó con lo de “barranco Esgarrafiestas”.

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