EL CASO DE SOMALIA

Reproduzco este amplio artículo del controvertido James Petras

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=47122

Introducción

El sistema imperial es algo mucho más complejo que lo habitualmente designado como “Imperio USA”. El Imperio USA, con su vasta de red de inversiones financieras, bases militares, corporaciones multinacionales y estados clientelistas, es el elemento más importante del sistema global imperial (1). Sin embargo, sería demasiado simplista pasar por alto las complejas jerarquías, redes, estados adeptos y clientelistas que definen el sistema imperial contemporáneo (2). Hoy en día, para que podamos comprender qué es el imperio y qué es el imperialismo es necesario examinar el complejo y cambiante sistema de estratificación imperial.

Jerarquías Imperiales

Se puede entender mejor la estructura de poder del sistema imperial mundial elaborando una clasificación de países a partir de su organización política, económica, diplomática y militar. Ese sistema podría tener el siguiente esquema:

  1. Jerarquía Imperial (de arriba a bajo):
    1. Estados Imperiales Centrales (CIS, en sus siglas en inglés)
    2. Nuevas Potencias Imperiales Emergentes (NEIP, en sus siglas en inglés)
    3. Regímenes Clientelistas Semi-Autónomos (SACR, en sus siglas en inglés)
    4. Regímenes Colaboradores Clientelistas (CCR, en sus siglas en inglés)
  2. Estados Independientes:
    1. Revolucionarios: Cuba y Venezuela
    2. Nacionalistas: Sudán, Irán, Zimbabwe, Corea del Norte
  3. Territorios Controvertidos y Regímenes en Transición
    Resistencia armada, regímenes electos, movimientos sociales

En la cima del sistema imperial se hallan aquellos estados imperiales cuyo poder se proyecta a escala mundial, cuyas clases gobernantes dominan los mercados inversores y financieros y que son capaces de penetrar las economías del resto del mundo. En la cumbre del sistema imperial se encuentran los EEUU, la Unión Europea (muy estratificada) y Japón. Con EEUU al frente, han establecido redes de ‘estados imperiales adeptos’ (en gran medida hegemonías regionales) y estados vasallos o clientelistas, que actúan con frecuencia como fuerzas militares sustitutivas. Los estados imperiales actúan concertadamente para derribar las barreras a la penetración y a las absorciones, mientras compiten, al mismo tiempo, para conseguir ventajas para sus propios estados e intereses multinacionales.

Justo por debajo de los estados imperiales centrales están las nuevas potencias imperiales emergentes (NEIP), fundamentalmente China, India, Canadá, Rusia y Australia. Los estados NEIP están sometidos a la penetración imperial, a la vez que ellos mismos se extienden por países subdesarrollados vecinos y del exterior y por países ricos en recursos extractivos. Los NEIP están unidos a los estados imperiales centrales (CIS) en sus mismos estados a través de empresas mixtas, al mismo tiempo que compiten cada vez más por el control de los recursos extractivos en los países subdesarrollados. ‘Siguen’ con frecuencia los pasos de las potencias imperiales y, en algunos casos, se aprovechan de los conflictos para mejorar su propia posición. Por ejemplo, la expansión exterior de China y la India se centra en las inversiones en los sectores energéticos y de extracción de minerales para alimentar la industrialización doméstica, de forma similar a las tempranas prácticas imperiales (1880-1950) de EEUU y Europa. De modo parecido, China invierte en países africanos que están en conflicto con EEUU y la UE, al igual que EEUU desarrolló lazos con los regímenes anti-coloniales (Argelia, Kenia y África francófona) que estaban en conflicto con sus antiguos gobernantes coloniales europeos durante las décadas de 1950 y 1960.

Más hacia abajo en la jerarquía del sistema imperial se hallan los ‘regímenes clientelistas semi-autónomos’ (SACR). Estos incluyen a Brasil, Corea del Sur, Sudáfrica, Taiwán, Argentina, Arabia Saudí, Chile y, últimamente, Bolivia. Estos estados tienen una sustancial base económica nacional de apoyo a través de la propiedad pública o privada de sectores económicos clave. Son gobernados por regímenes que buscan mercados diversificados, aunque muy dependientes de las exportaciones de los estados imperiales emergentes. Por otra parte, estos estados dependen mucho de la protección militar estatal imperial (Taiwán, Corea del Sur y Arabia Saudí) y proporcionan bases militares regionales para las operaciones imperiales. Muchos de ellos son exportadores dependientes de recursos (Arabia Saudí, Chile, Nigeria y Bolivia) que comparten ingresos y beneficios con las multinacionales de los estados imperiales. Incluyen a países que fueron rápidamente industrializados (Taiwán y Corea del Sur), así como estados relativamente exportadores de productos agro-mineros (Brasil, Argentina y Chile).

Los estados petrolíferos ricos tienen estrechos lazos con las clases gobernantes financieras de los países imperiales e invierten mucho en bienes inmuebles, instrumentos financieros y bonos del Tesoro que sirven para financiar el déficit de EEUU e Inglaterra.

En cuestiones clave, como las guerras imperiales en Oriente Medio, la invasión de Haití o los regímenes desestabilizados en África, apoyan las políticas neoliberales globales y la absorción imperial de sectores estratégicos, colaborando con los gobernantes de los CIS y los NEIP. Sin embargo, a causa de los intereses de sus elites poderosas y, en algunos casos, de potentes movimientos sociales nacionales, entran en conflictos limitados con los poderes imperiales. Por ejemplo, Brasil, Chile y Argentina no estaban de acuerdo con los esfuerzos estadounidenses para socavar el gobierno nacionalista venezolano. Tienen lucrativas relaciones comerciales, energéticas y de inversión con Venezuela. Además, no desean legitimar golpes militares que puedan amenazar su propio gobierno y legitimidad ante un electorado proclive al Presidente Chavez. Aunque a nivel estructural están muy integrados en el sistema imperial, los regímenes SACR conservan un cierto grado de autonomía a la hora de formular políticas domésticas y exteriores, que incluso puede llevarles a entrar en conflicto o a competir con los intereses imperiales.

A pesar de su ‘autonomía relativa’, esos regímenes proporcionan también mercenarios políticos y militares al servicio de los países imperialistas. Como ejemplo de esto resulta muy ilustrativo el caso de Haití. Tras la invasión estadounidense y el derrocamiento del gobierno electo de Aristide en 2004, los EEUU consiguieron asegurarse una fuerza de ocupación compuesta por sus indiscutidos clientes y regímenes clientelistas ‘semi-autónomos’. El Presidente Lula de Brasil mandó un contingente importante. Un general brasileño estaba al mando de toda la fuerza militar mercenaria. Gabriel Valdez, de Chile, encabezó la administración de la ocupación de Naciones Unidas como el funcionario más importante a la hora de supervisar la sangrienta represión de los movimientos de resistencia de Haití. Otros clientes ‘semi-autónomos’, como Uruguay y Bolivia, añadieron contingentes militares, además de los soldados de regímenes clientelistas tales como Panamá, Paraguay, Colombia y Perú. El Presidente Evo Morales justificó la continuada colaboración militar de Bolivia con los EEUU en Haití bajo su presidencia aludiendo a su ‘papel de mantenedores de la paz’, sabiendo perfectamente que entre diciembre de 2006 y febrero de 2007, durante una invasión a gran escala de tropas de Naciones Unidas en los suburbios más pobres y más densamente poblados de Haití, se masacró decenas de haitianos paupérrimos.

Teniendo en cuenta la actual situación de Washington, el punto clave teórico es que está comprometido en las dos guerras en curso en Oriente Medio y en Asia Occidental, por lo que depende de sus clientes para que le hagan de policía y repriman a los movimientos anti-imperialistas de cualquier lugar del mundo. Somalia, como Haití, fue invadida por mercenarios de Etiopía, entrenados, financiados, armados y dirigidos por asesores militares estadounidenses. En consecuencia con lo expresado al principio, durante la ocupación, Washington consiguió asegurar de sus clientes africanos (a través de la denominada Organización para la Unidad Africana, con el hombre de paja de la Casa Blanca, el portavoz del ejército ugandés Capitán Paddy Ankunda) el envío de un ejército mercenario de ocupación para que apuntalaran a su impopular gobernante clientelista y señor de la guerra somalí. A pesar de la oposición de su Parlamento, Uganda está enviando 1.500 mercenarios junto a contingentes de Nigeria, Burundi, Ghana y Malawi.

En la base de la jerarquía imperial están los regímenes colaboradores clientelistas (CCR). En este grupo se incluyen Egipto, Jordania, los Estados del Golfo, América Central y los estados de las islas caribeñas, el Eje de Estados Títere Sub-Saharianos (ASS, en sus siglas en inglés) -fundamentalmente, Kenia, Uganda, Etiopía, Ruanda y Gana-, Colombia, Perú, Paraguay, México, los Estados de Europa del Este (de dentro y fuera de la UE), los antiguos estados de la URSS (Georgia, Ucrania, Kazajstán, Latvia, etc.), Filipinas, Indonesia, África del Norte y Pakistán. Estos países están gobernados por elites políticas autoritarias que dependen del imperio o de los estados NEIP en cuestiones relativas a armamento, financiación y apoyo político. Facilitan todo tipo de oportunidades para que se exploten y exporten materias primas. Al contrario que los SACR, las exportaciones de los regímenes clientelistas tienen poco valor añadido, ya que el proceso industrial de esas materias primas tiene lugar en países imperiales, especialmente en los NEIP. En los CCR gobiernan una serie de elites depredadoras, rentistas, compradoras y cleptocráticas que carecen de toda vocación emprendedora empresarial. Con frecuencia proporcionan soldados mercenarios al servicio de países imperiales para que intervengan, conquisten, ocupen e impongan regímenes clientelistas en los países que se constituyen en objetivo del imperio. Así, los regímenes clientelistas son colaboradores subordinados de los poderes imperiales en el expolio de la riqueza, en la explotación de miles de millones de trabajadores, en el desplazamiento de campesinos y en la destrucción del medio ambiente.

La estructura del sistema imperial se basa en el poder de las clases gobernantes para ejercer y proyectar poder estatal y de mercado, para conservar el control de relaciones de clase explotadoras dentro y fuera del país y para organizar ejércitos mercenarios entre sus estados clientelistas. Guiados y dirigidos por oficiales imperiales, los ejércitos mercenarios colaboran en la destrucción de movimientos nacionalistas populares autónomos y de Estados independientes.

Los regímenes clientelistas suponen un vínculo esencial para el mantenimiento de los poderes imperiales. Complementan a las fuerzas de ocupación imperiales, facilitando la extracción de materias primas. Sin los ‘mercenarios de color’, los poderes imperiales tendrían que extender y desplegar sus propias fuerzas militares, lo que provocaría altos niveles de oposición interna y elevaría la resistencia exterior a emprender guerras de recolonización. Además, los mercenarios de los regímenes clientelistas resultan menos costosos, en términos de financiación y de reducción de pérdidas de vidas, que los soldados imperiales. Estos son los eufemísticos términos utilizados para describir esas fuerzas mercenarias clientelistas: Naciones Unidas, Organización de Estados Americanos y ‘mantenedores de la paz’ de la Organización de la Unidad Africana, la “Coalición de la Buena Voluntad’, entre otros. En muchos casos, unos cuantos antiguos oficiales imperiales blancos mandan a oficiales de menor rango y soldados de color de los ejércitos mercenarios clientelistas.

Movimientos y Estados Independientes

El sistema imperial, aunque extendido por todo el globo y penetrando profundamente en sociedades, economías y estados, no es ni omnipotente ni omnisciente. Los desafíos al sistema imperial proceden de dos fuentes: estados relativamente independientes y movimientos políticos y sociales vigorosos.

Los estados ‘independientes’ son regímenes que se oponen con fuerza a los estados imperiales, de los que se constituyen en objeto de persecución. Se incluyen en este capítulo Venezuela, Cuba, Irán, Corea el Norte, Sudán y Zimbabwe. Lo que define como ‘independientes’ a estos regímenes es su voluntad de rechazar las políticas de las potencias imperiales, especialmente las intervenciones militares imperiales. También rechazan las demandas imperialistas de acceso incondicional a mercados, fuentes y bases militares.

Estos regímenes difieren bastante entre ellos en términos de política social, grado de apoyo popular, identidades religiosas o laicas, desarrollo económico y consistencia en la oposición a la agresión imperialista. Pero todos ellos enfrentan amenazas militares inmediatas y/o programas de desestabilización, diseñados para sustituir a los gobiernos independientes con regímenes clientelistas.

Territorios Controvertidos

La jerarquía imperial y sus redes están basadas en relaciones nacionales de clase y de poder. Eso significa que el mantenimiento de todo el sistema se apoya en las clases gobernantes que dominan a la población subyacente, una situación muy problemática, dada la desigual distribución de costes y beneficios entre gobernantes y gobernados. En la actualidad, hay movimientos sociales y de resistencia de masas en numerosos países desafiando al sistema imperial.

Los territorios controvertidos serían Iraq, Afganistán, Colombia, Somalia, Palestina, Sudán y Líbano, donde la resistencia armada trata de derrotar a los clientes imperiales. Lugares de confrontación de masas son Bolivia, Ecuador, Venezuela e Irán, donde los poderes imperiales tratan de derrocar a regímenes independientes recientemente elegidos. Últimamente, en México, Palestina, Líbano, China, Ecuador y otros lugares han surgido una serie de movimientos sociales a gran escala que se organizan para combatir a los regímenes clientelistas y a los patrones imperiales. Dentro de los estados imperiales hay una oposición de masas ante políticas y guerras imperiales específicas, pero sólo pequeños y débiles movimientos anti-imperialistas.

La Anomalía: Israel en el Sistema Imperial

Israel es claramente un poder colonialista, con el cuarto o quinto mayor arsenal nuclear, que se constituye en el segundo exportador de armas del mundo. Sin embargo, su tamaño de población, extensión territorial y economía son endebles en comparación con el imperio y con los nuevos poderes imperiales emergentes. A pesar de esas limitaciones, Israel ejerce un poder supremo a la hora de influir en la dirección de la política de guerra de Estados Unidos en Oriente Medio a través de un poderoso aparato político sionista que impregna el estado, los medios de masas, los sectores económicos de elite y la sociedad civil (3a). A través de la influencia política directa de Israel en la elaboración de la política exterior estadounidense, así como por su colaboración militar exterior con regímenes clientelistas imperiales dictatoriales, puede considerársele como parte de la configuración del poder imperial, a pesar de las restricciones demográficas que le hacen figurar cerca del estatus diplomático del paria universal y de que su economía está siendo mantenida desde el exterior.

Regímenes en Transición

El sistema imperial es muy asimétrico, está en constante desequilibrio y por tanto se dan una serie de flujos continuos: guerras, estallidos de luchas nacionales y de clase y crisis económicas que derriban regímenes y ponen en el poder a nuevas fuerzas políticas. En tiempos recientes, hemos presenciado la rápida transformación de Rusia de contendiente hegemónico mundial (antes de 1989), a convertirse en un estado clientelista imperial sometido a un saqueo sin precedentes (1991-1999), hasta su actual posición como reciente estado imperial emergente. Aunque Rusia es uno de los casos más dramáticos de cambios rápidos y profundos del sistema imperialista mundial, otras experiencias históricas sirven de ejemplo de la importancia de los cambios sociales y políticos a la hora de conformar la relación de los países con el sistema imperialista mundial. China y Vietnam, anteriores bastiones como estados independientes y anti-imperialistas, han sido testigos de la ascensión de elites capitalistas liberales, del desmantelamiento de la economía socializada y de la incorporación de China como nueva potencia imperialista emergente y Vietnam como régimen clientelista semi-autónomo.

Las grandes transiciones habidas durante los años de las décadas de 1980 y 1990 implicaron la conversión de estados anti-imperialistas independientes en regímenes clientelistas imperiales. En el hemisferio occidental, esas transiciones incluyen a Nicaragua, Chile, Bolivia, Argentina, Jamaica y Granada. En África, afectan a Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Argelia, Etiopía y Libia, todos ellos convertidos en regímenes clientelistas cleptocráticos. En Asia, se han puesto en marcha procesos similares en Indochina. Debido a las consecuencias desastrosas de políticas centradas en el imperio administradas por regímenes clientelistas, la primera década del nuevo milenio está siendo testigo de una serie de agitaciones populares masivas y cambios de régimen, especialmente en Latinoamérica. Insurrecciones populares en Argentina y Bolivia produjeron los cambios de regímenes clientelistas a clientelistas semi-autónomos. En Venezuela, tras un golpe fallido y una campaña de desestabilización, el régimen de Chavez se movió de forma decisiva desde una posición de clientelista semi-autónomo a una posición anti-imperialista independiente.

Los continuos conflictos entre estados imperiales y anti-imperialistas, entre regímenes clientelistas y movimientos nacionalistas, entre estados imperiales y nuevos estados imperialistas emergentes cambiarán la estructura del sistema imperial. Los resultados de estos conflictos producirán nuevas coaliciones entre las fuerzas principales que componen la jerarquía imperial y sus adversarios. Lo que está claro en este relato es que no hay un ‘estado imperial’ singular omnipotente que pueda definir unilateralmente el sistema internacional, ni siquiera el sistema imperial.

Incluso el más poderoso estado imperial se ha mostrado incapaz de derrotar unilateralmente (con clientes o socios imperiales), y ni siquiera contener, la resistencia popular anti-colonial en Iraq o Afganistán. Los mayores éxitos políticos imperiales han tenido lugar donde los estados imperiales han podido activar las fuerzas militares de regímenes clientelistas o semi-autónomos, asegurar una tapadera regional (OEA, OUA y OTAN) o de Naciones Unidas para legitimar sus conquistas. Las elites colaboracionistas de los estados clientelistas o semi-autónomos son eslabones esenciales para el mantenimiento y consolidación del sistema imperial y, en particular, del imperio estadounidense. Un caso específico es la intervención y derrocamiento del régimen islámico somalí por parte de EEUU.

El Caso de Somalia: Máscaras Negras – Rostros Blancos

La reciente invasión etíope de Somalia (diciembre de 2006) y el derrocamiento de la gobernante de facto Unión de Tribunales Islámicos (ICU, en sus siglas en inglés) o Consejo Supremo de Tribunales Islámicos y la imposición de un ‘gobierno de transición’ al estilo de los señores de la guerra es un excelente estudio de caso práctico del papel central de los regímenes colaboracionistas en el mantenimiento y expansión del imperio estadounidense.

Desde 1991, con el derrocamiento del gobierno de Siad Barre, hasta la mitad de 2006, Somalia se vio devastada por conflictos entre señores de la guerra que tenían su base en feudos controlados por clanes (3). Durante la invasión de EEUU/NNUU y la ocupación temporal de Mogadiscio a mitad de la década de 1990, se produjo la masacre de unos 10.000 civiles somalíes y la matanza y heridos de unos cuantos soldados de EEUU/NNUU (4). Durante los años de la década sin ley de los noventa, se fueron estableciendo pequeños grupos locales, cuyos líderes compusieron más tarde el ICU, que empezó a formar organizaciones basadas en la comunidad contra las depredaciones de los señores de la guerra. Al basar su éxito en la construcción de movimientos sociales a partir de la comunidad, superando las alianzas tribales y de clanes, el ICU empezó a expulsar a los corruptos señores de la guerra, poniendo fin al pago de extorsiones impuestas sobre comercios y hogares (5). En junio de 2006, esta amplia coalición de clérigos islámicos, juristas, trabajadores, fuerzas de seguridad y comerciantes echaron de la capital, Mogadiscio, a los señores de la guerra más poderosos. El ICU se ganó amplios apoyos entre una multitud de vendedores del mercado y pequeños comerciantes. Ante la total ausencia de cualquier apariencia de gobierno, el ICU empezó a proporcionar seguridad, principios de derecho y protección a hogares y propiedades frente a los depredadores criminales (6). Se instaló una extensa red de programas y centros de seguridad social, clínicas sanitarias, cocinas colectivas y escuelas primarias para atender a gran número de refugiados, campesinos desplazados y pobres urbanos. Estas actuaciones aumentaron el apoyo popular a los ICU.

Tras expulsar a los últimos señores de la guerra de Mogadiscio y de la mayor parte del país, el ICU estableció un gobierno de facto, al que la gran mayoría de somalíes, alrededor del 90% de la población, reconoció y dio la bienvenida (7a). Todos los informes, incluso los hostiles al ICU, señalaban que el pueblo somalí recibió alborozado el fin del gobierno de los señores de la guerra y el orden que llevó el ICU. El ICU fue una administración relativamente honesta, que puso fin a la corrupción y extorsión de los señores de la guerra. La seguridad personal y propiedades fueron protegidas, terminando con las confiscaciones arbitrarias y los secuestros que llevaban a cabo los señores de la guerra y sus matones armados. El ICU es un movimiento amplio que agrupa muchas tendencias y que incluye a islamistas moderados y radicales, políticos civiles y combatientes armados, populistas y liberales, autoritarios y electoralistas (7). Lo más importante es que los Tribunales consiguieron unificar el país y crear una semblanza de nación, superando la fragmentación de clanes. En el proceso de unificación del país, el gobierno de los Tribunales Islámicos reafirmó la soberanía somalí y la oposición a la intervención imperialista estadounidense en Oriente Medio y especialmente en el Cuerno de África a través de su régimen clientelista etíope.

Intervención USA: Las Naciones Unidas, Ocupación Militar, Señores de la Guerra y Apoderados

La historia reciente de los esfuerzos estadounidenses para incorporar a Somalia a su red de estados clientelistas africanos comenzó a desplegarse en los primeros años de la década de 1990 bajo el Presidente Clinton (8). Aunque la mayoría de los comentaristas se refieren actualmente a Bush como un belicista obsesivo por sus guerras en Iraq y Afganistán, olvidan que el Presidente Clinton, en su época, se embarcó en varios actos y secuencias solapados de guerra en Somalia, Iraq, Sudán y Yugoslavia. Las acciones militares de Clinton y sus embargos mataron y mutilaron a miles de somalíes, causaron 500.000 muertos sólo entre los niños iraquíes y provocaron miles de muertes de civiles y heridos en los Balcanes. Clinton ordenó la destrucción de la principal planta farmacéutica de Sudán, que producía vacunas vitales y medicinas esenciales tanto para las personas como para sus animales provocando carencias graves de las mismas (9). En 1994, el Presidente Clinton envió miles de tropas a Somalia a ocupar el país bajo la apariencia de ‘misión humanitaria’ (10). Washington intervino para apoyar a su dúctil partidario señor de la guerra contra otro, en contra del consejo de los comandantes italianos de las tropas de Naciones Unidas en Somalia. Dos docenas de soldados estadounidenses murieron en un intento fracasado de asesinato y residentes furiosos arrastraron sus cuerpos mutilados por las calles de la capital somalí. Washington envió helicópteros de combate que bombardearon duramente zonas pobladas de Mogadiscio, matando y mutilando a miles de civiles en represalia.

Los EEUU se vieron finalmente obligados a retirar a sus soldados cuando el Congreso y la opinión pública se volvieron mayoritariamente contra la turbia pequeña guerra de Clinton. Las Naciones Unidas, que no necesitaban ya proporcionar tapadera a la intervención estadounidense, también se retiraron. La política de Clinton dio un giro a fin de asegurarse un subgrupo de clientelistas señores de la guerra contra los demás, una política que tuvo continuidad durante la Administración Bush. El actual ‘Presidente’ del régimen títere de EEUU, apodado “Gobierno Federal de Transición”, es Abdullahi Yusuf. Es un veterano señor de la guerra profundamente implicado en todas las depredaciones corruptas e ilegales que caracterizaron Somalia entre 1991 a 2006 (12). Yusuf fue el presidente del estado autónomo y disidente de Puntland en los años de la década de 1990.

A pesar del apoyo financiero estadounidense y etíope, Abdullahi Yusuf y sus asociados señores de la guerra fueron finalmente sacados de Mogadiscio en junio de 2006 y expulsados de toda la parte central sureste del país. Yusuf fue escondido y arrinconado en una única ciudad provincial en la frontera etíope, careciendo de toda base social de apoyo, incluso por parte de los clanes de señores de la guerra que permanecían en la capital (13). Algunos señores de la guerra habían retirado su apoyo a Yusuf y aceptaron las ofertas del ICU de desarmarse e integrarse en la sociedad somalí, subrayando el hecho de que el títere aislado y desacreditado de Washington no suponía ya un factor militar o político real en Somalia. Sin embargo, Washington aseguró que una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas reconociera el diminuto enclave del señor de la guerra de Baidoa como gobierno legítimo. Esto se llevó a cabo a pesar del hecho de que toda la existencia del TFG dependía de un contingente de varios cientos de mercenarios etíopes financiados por los EEUU. Como las tropas del ICU se desplazaron hacia el oeste para desalojar a Yusuf de su puesto fronterizo –que comprendía menos del 5% del país-, los EEUU aumentaron su financiación al régimen dictatorial de Meles Zenawi en Etiopía para que invadiera Somalia (14) (*).

A pesar de los percances, decenas de asesores militares estadounidenses prepararon a los mercenarios etíopes para una invasión por tierra y aire a gran escala de Somalia a fin de volver a instalar a su señor de la guerra títere Yusuf. Meles Zenawi, el dictador etíope, depende absolutamente del ejército y armamento para la policía de EEUU, de sus créditos y asesores para conservar el poder para su régimen étnico Tigrayan y para mantener algún apoyo en el disputado territorio somalí. El grupo étnico Tigrayan representa a menos del 10% de la población multiétnica etíope. Meles se enfrentó a la creciente oposición armada de los movimientos de liberación Oromo y Ugandés (15). Su régimen fue despreciado por la influyente populación Amhara en la capital por manipular las elecciones de mayo de 2005, por asesinar en octubre de 2006 a 200 estudiantes que protestaban y encarcelar a decenas de miles (16). Muchos oficiales militares se le opusieron por haberse implicado en una guerra fronteriza perdida con Eritrea. Meles, que carece de apoyo popular, se ha convertido en el más leal y servil cliente de EEUU en la región. Repitiendo bochornosamente la retórica imperial ‘anti-terrorista’ de Washington para atacar a Somalia, Meles envió unas 15.000 tropas, cientos de vehículos blindados, docenas de helicópteros y aviones de combate a Somalia (17). Proclamando que estaba comprometido con la ‘guerra contra el terrorismo’, Meles aterrorizó al pueblo de Somalia con bombardeos aéreos y una política de tierra arrasada. En nombre de la ‘seguridad nacional’, Meles envió a sus tropas al rescate del rodeado señor de la guerra y hombre de paja de EEUU, Abdullahi Yusuf.

Washington coordinó sus fuerzas aéreas y navales con el avance de la invasora fuerza devastadora militar etíope. Como EEUU asesoró el avance de los mercenarios etíopes por tierra, la fuerza aérea estadounidense bombardeó a los somalíes que huían, matando a decenas, supuestamente a la caza de simpatizantes de Al Qaida (18). Según informes fidedignos, que fueron confirmados después por fuentes de EEUU y del títere somalí, las fuerzas militares somalíes y estadounidenses fracasaron a la hora de identificar a un solo dirigente de Al Qaida tras examinar a decenas de muertos, refugiados y combatientes capturados (19). Una vez más se ha demostrado que era falso el pretexto utilizado por Washington y su cliente etíope para invadir Somalia –que se atacaba al ICU porque daba refugio a terroristas de Al Qaida-. Las fuerzas navales estadounidenses interceptaron todos los buques que pasaban frente a la costa de Somalia en busca de dirigentes somalíes en huida. En Kenia, Washington dio órdenes a su cliente Nairobi de capturar y devolver a los somalíes que cruzaran la frontera. Bajo la dirección de Washington, tanto las Naciones Unidas como la Organización de la ‘Unidad’ Africana (sic) acordaron enviar un ejército de ocupación de ‘mantenedores de la paz’ para proteger el impuesto régimen títere etíope de Yusuf.

Dada la precaria posición interna de Meles, no pudo mantener mucho tiempo su ejército de ocupación de 15.000 mercenarios en Somalia (20). El odio somalí hacia los ocupantes etíopes surgió desde el primer día en que entraron en Mogadiscio. Hubo manifestaciones masivas a diario y cada vez más incidentes de la resistencia armada de combatientes reagrupados del ICU, militantes locales y señores de la guerra contrarios a Yusuf (21). La ocupación etíope dirigida por EEUU fue seguida por el regreso de los mismos señores de la guerra que habían saqueado el país entre 1991-2005 (22).

La mayor parte de periodistas, expertos y observadores independientes reconocen que sin la presencia de un apoyo ‘exterior’, principalmente la presencia de al menos 10.000 mercenarios africanos (‘mantenedores de la paz’) financiados por EEUU y la UE, el régimen de Yusuf se hubiera hundido en cuestión de días, cuando no de horas. Washington cuenta con una coalición informal de clientes africanos –una especie de ‘Asociación de Hombres de Paja Subsaharianos’ (ASS, en sus siglas en ingles)- para reprimir el descontento masivo de la población somalí e impedir el retorno de los Tribunales Islámicos populares. Las Naciones Unidas declararon que no enviarían un ejército de ocupación hasta que los contingentes militares de la ‘ASS’ de la Organización para la Unidad Africana hubieran ‘pacificado’ el país (23).

Sin embargo, la ASS, aún queriendo complacer a sus gobernantes clientelistas y ofrecer tropas mercenarias para cumplir las órdenes de Washington, encontró difícil cumplir ese envío. Una vez que se vio claramente que era una operación ‘made in Washington’, ese envío de fuerzas de la ASS contra la creciente resistencia nacional somalí se convirtió en algo muy impopular. Incluso Yoweri Musevent, de Uganda, el servil cliente de Washington, encontró resistencia entre su ‘leal’ aprobación automática del congreso (24). El resto de los países de la ASS se negó a mover sus tropas hasta que la UE y EEUU les pusieran el dinero en la mano y los etíopes les aseguraran el país antes de llegar. Enfrentando la oposición pasiva de la gran mayoría de somalíes y de la resistencia militante activa de los Tribunales, el dictador etíope empezó a retirar sus tropas mercenarias. Washington, reconociendo que su hombre de paja somalí, el ‘Presidente Yusuf’ está completamente aislado y desacreditado, trató de cooptar a los más conservadores entre los dirigentes de las Cortes Islámicas (25). Yusuf, siempre temeroso de perder su frágil control del poder, se negó a cumplir la táctica de Washington de dividir el ICU.

La Invasión Somalí: el Imperio y sus Redes

El caso somalí ilustra la importancia de los gobernantes clientelistas, señores de la guerra, clanes y otros colaboradores como primera línea de defensa de las posiciones estratégicas geo-políticas para extender y defender el imperio estadounidense. La experiencia somalí subraya la importancia de la intervención por parte de gobernantes clientelistas y regionales de estados vecinos en defensa del imperio. Los regímenes clientelistas y las elites colaboradoras reducen en gran medida el coste económico y político de mantenimiento de los puestos de avanzada del imperio. Este es especialmente el caso en Iraq, Afganistán y en la inminente confrontación con la República Islámica de Irán, dado el excesivo despliegue actual de fuerzas de tierra estadounidenses.

Al considerar excesivo ese ‘despliegue’ de las fuerzas terrestres de EEUU, el imperio confía en los ataques aéreos y navales, combinados con fuerzas de tierra mercenarias regionales, para expulsar a un régimen independiente con apoyo popular.

Sin la invasión etíope, el títere somalí y señor de la guerra Abdullahi Yusuf habría sido fácilmente expulsado de Somalía, el país se habría unificado y Washington ya no tendría por más tiempo el control de las áreas costeras situadas frente a una ruta importante de transporte marítimo del petróleo. La pérdida del régimen de paja somalí habría privado a Washington de una plataforma costera para amenazar a Sudán y Eritrea.

Sin embargo, desde una perspectiva práctica, los planes estratégicos de Washington para controlar el Cuerno de África son un completo desastre. Para asegurarse el máximo control sobre los somalíes, la Casa Blanca decidió volver a poner en el poder a un veterano señor de la guerra que era profundamente detestado, sin base social en el país y dependiente de desacreditados clanes guerreros y criminales señores de la guerra. Gobernantes aislados y desacreditados suponen una frágil amenaza sobre la que construir políticas estratégicas de intervención regional (bases militares y misiones de asesoramiento). En segundo lugar, Washington eligió utilizar un país vecino (Etiopía) odiado por toda la población somalí por apoyar a su títere nacional. Etiopía había atacado a los somalíes hasta finales de 1979 por la independencia de Ogadén, cuya población se siente cercana a los somalíes. Washington confiaba en el ejército invasor de un régimen en Addis Abeba, que se enfrentaba a crecientes tensiones populares y nacionales y era claramente incapaz de sostener una ocupación prolongada. Finalmente, Washington contó con las seguridades verbales de los regímenes de la ASS para enviar tropas con prontitud para proteger a su reinstalado cliente. Los regímenes clientelistas siempre les dicen a sus amos imperiales lo que éstos quieren escuchar aunque sean incapaces de cumplirlo total y prontamente. Este es especialmente el caso cuando los clientes temen que su oposición interna y prolongadas y costosas complicaciones exteriores les lleven al descrédito total.

La experiencia somalí demuestra el abismo entre la estratégica proyección de poder del imperio y su capacidad actual para conseguir sus metas. También ejemplifica cómo los imperialistas, impresionados por el número de clientes, sus compromisos de ‘papel’ y la conducta servil, fallan a la hora de reconocer su debilidad estratégica frente a los movimientos populares de liberación nacional.

Los esfuerzos de construcción del imperio estadounidense en el Cuerno de África, especialmente en Somalia, demuestran que incluso con colaboradores de elite y regímenes clientelistas, con ejércitos mercenarios y aliados regionales de la ASS, el imperio encuentra grandes dificultades para contener o derrotar a los movimientos populares de liberación nacional. El fracaso de la política de Clinton en la intervención de Somalia de 1993-94 dejó muy claro este extremo.

El coste económico y humano de invasiones militares prolongadas con tropas de tierra ha llevado repetidamente al pueblo estadounidense a pedir la retirada (e incluso a aceptar la derrota) como se probó en Corea, Indochina y cada vez más en Iraq.

El apoyo diplomático y financiero, incluidas las decisiones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y los equipos de asesores militares no son suficientes para establecer regímenes clientelistas estables. La precariedad de los mercenarios impuestos, como la dictadura del señor de la guerra Yusuf, demuestra los límites de los mandatos de Naciones Unidas patrocinados por EEUU.

La experiencia somalí en la fallida construcción del imperio revela otro lado más oscuro aún del imperialismo: la política de ‘gobernar o arrasar’. El fracaso del régimen de Clinton para conquistar Somalia fue seguido de una política de intentar enfrentar a un brutal señor de la guerra contra otro, aterrorizar a la población, destruir el país y su economía, hasta el ascenso de la Unión de Tribunales Islámicos. La política de ‘gobernar o arrasar’ es la que está siendo seguida actualmente en Iraq y Afganistán y se volverá a poner en marcha con el inminente ataque por mar y aire de EEUU contra Irán, con el apoyo de Israel.

Los orígenes de las políticas de ‘gobernar o arrasar’ hunden sus raíces en el hecho de que las conquistas de los ejércitos imperiales no consiguen instaurar regímenes populares, legítimos y estables. Al ser producto de la conquista imperial, estos regímenes clientelistas son inestables y dependen de ejércitos extranjeros que los sostengan. La ocupación exterior y las consiguientes guerras con los movimientos nacionalistas provocan oposición masiva. La resistencia de las masas produce la represión imperial sobre poblaciones enteras y su infraestructura. La incapacidad para establecer una ocupación estable y un régimen clientelista lleva de forma inevitable a que los gobernantes imperiales decidan arrasar el país entero con el pensamiento último de que un adversario débil y destruido supone un consuelo para una guerra imperial perdida.

Frente al aumento de estados y movimientos anti-imperialistas laicos e islámicos, al poseer numerosos regímenes clientelistas en el Norte de África y el grupo de la ASS, Washington está organizando un comando militar estadounidense para África. El Comando África servirá para intensificar el control de Washington sobre las fuerzas militares africanas y acelerar su envío cuando toque reprimir movimientos de independencia o derrocar regímenes anti-imperialistas. Dada la amplia y muy competitiva presencia de comerciantes, inversores y programas de ayuda chinos, Washington está reforzando sus aliados fiables entre las elites y generales clientelistas africanos (26).

El libro más reciente de James Petras es The Power of Israel in the United States (Clarity Press: Atlanta). Pueden encontrarse sus artículos en inglés en la web: www.petras.lahaine.org, y en español en: www.rebellion.org.

NOTAS

1. Petras, James and Morris Morley. Empire or Republic (NY: Routledge, 1995); Petras, J. and M. Morley: “The Role of the Imperial State” in US Hegemony Under Siege (London” Verso Books 1990).

  1. Petras, James and Morris Morley. “The US imperial State” in James Petras et al Class State and Power in the Third World (Allanheld, Osmin: Montclair NJ, 1981).
  2. (3A) Véase Petras, James The Power of Israel in the United States (Clarity: Atlanta 2006)

3. Véase Andrew England “Spectre of Rival Clans Returns to Mogadishu”, Financial Times (London), 29 diciembre 2006 p.3)

  1. Financial Times, 22 enero 2007 p.12.
  2. Financial Times, 29 diciembre 2006 p.3.
  3. William Church: “Somalia: CIA Blowback Weakens East Africa” Sudan Tribune, 2 febrero 2007.
  4. (7A) El gobierno de transición se quedó restringido en Baldoa, una pequeña ciudad y su supervivencia dependía de Addis Abeba. Financial Times, 29 diciembre 2006 p.3

7. Financial Times, 31 diciembre 2007 p.2.

  1. Stephan Shalom “Gravy Train: Feeding the Pentagon by Feeding Somalia” Z Magazine, febrero 1993.
  2. Clinton proclamó que la planta farmacéutica estaba produciendo armas biológicas y químicas, una historia que fue rechazada por investigadores científicos.
  3. Shalom ibid.
  4. Mark Bowden Black Hawk Down (Signet: New York 2002)
  5. FT, 31 diciembre 2006 p.2
  6. FT, 5 enero 2007 p. 4
  7. William Church ibid.
  8. “Somalia” Another War Made in the USA” entrevista con Mohamed Hassan (Michel.Collon@skynet.be)
  9. ibid
  10. FT, 5 de enero de 2007 p.5; FT, 29 diciembre 2006 p. 3
  11. BBC News “US Somali Air Strikes ‘Kill Many’”, 9 enero 2007; aljazeera.net “US Launches Air Strikes on Somalia”, 9 enero 2007
  12. FT, 5 enero 2007, p.5 “…todavía no se ha podido convirmar la presencia de sospechosos de Al Qaida, según Zeles Zenawi, Primer Ministro etíope”
  13. aljazeera.net, 23 enero 2007; BBC News “More Ethiopians to Quit Somalia”, 28 enero 2007.
  14. aljazeera.net, 29 diciembre 2006; aljazeera.net, 6 enero 2007; BBC News, 26 enero 2007; Aljazeere.net, 28 enero 2007; aljazeera.net, 11 febrero 2007
  15. “Estallaron saqueos y tiroteos tan pronto como los combatientes islámicos salieron de la desmoronada capital y las milicias leales a los clanes locales aparecieron por las calles.” FT, 29 diciembre 2006
  16. BBC News, 25 enero 2007; BBC, 30 enero 2007;BBC, 5 enero 2007.
  17. People’s Daily Online “El Parlamento ugandés para el intento de precipitar el despliegue de mantenedores de la paz en Somalia.” 2 febrero 2007.
  18. Financial Times, 26 enero 2007, p.6.
  19. aljazeera.net, 7 febrero 2007

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