FERNANDO ARRABAL, EL PROFETA PÁNICO

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No decepcionó ayer Fernando Arrabal en su entrevista con Jesús Quintero, aunque hubiera preferido que se hubiese hablado menos de temas personales, y más de su obra y del universo Arrabal. Una buena fuente de información acerca de las actividades del autor, es la página web http://www.arrabal.org, de ella está sacada esta recopilación de artículos, que son la crónica de su visita a Gijón en marzo del año pasado.

El «rap» de Arrabal

El dramaturgo participa esta tarde en un debate en un Instituto.

No encontró «quorum» suficiente Fernando Arrabal para su rueda de prensa de ayer en Gijón, pero eso no impidió que el fundador del «teatro pánico» obsequiase a sus anfitriones y a algún representante de los medios con uno de sus portentosos «rap» biográfico-culturalistas. Los representantes de la revista teatral «La Ratonera», que organiza para esta tarde a las 19.30 en el Antiguo Instituto un debate con el autor, se encontraron con que a esa misma hora la atención mediática estaba puesta en la Alcaldesa de la ciudad y en otro tipo de teatro pánico -el de la superreforma al alza del superpuerto-, por lo que el dramaturgo se limitó a sentarse junto a su silenciosa esposa, Luce, en las sillas del público, y a abrir la siempre sorprendente espita de su boca, conectada a un depósito vital, a una reserva cultural y, sobre todo, a una selva neuronal en permanente estado hiperactivo.

Arrabal empezó abruptamente por el ajedrez y acabó, aún más abruptamente, con un repentino «bueno, nos vamos a comer, ¿no?», a mitad de una frase en la que había invocado a la «prodigiosa escultora Camille Claudel, amante de Rodin», y cuyo predicado quedó enredado en alguna parte de la «selva selvaggia» del cerebro arrabaliano. Es de suponer que la conexión entre ambos fragmentos de discurso sería reconstruible con los testimonios de todos los presentes -entre otros el crítico teatral Boni Ortiz, el gerente de la Fundación Municipal de Cultura, Julián Jiménez, o la organizadora de Feten, Marián Osácar-, pero para un solo cerebro es poco menos que misión imposible.

Arrabal -apasionado confeso del ajedrez, al que dijo haberle dedicado «tres años íntegros» de su vida y del que escribe en el semanario «L’Express»- estaba loco por saber cómo va el Campeonato del Mundo femenino «que se disputa en una ciudad rusa que lleva el bello nombre de Ekaterina, como la primera mujer de mi muy culto y admirado Stalin», del que también recordó que era un «pedófilo platónico». El tablero le dio pie a Arrabal para sacar a las negras a Unamuno, -«a quien le cabreaba enormemente perder al ajedrez»- y a otro mal perdedor, el dramaturgo francés Jean Genet.

«Jugábamos mucho, y no es que yo fuera peor que él, sino que él había aprendido en la cárcel y no era rival para alguien con formación teórica. Un día se hartó y me dijo que iba a rezar a Dios. ¡Pero si tú eres ateo!, le dije. Y él dijo que le rezaría a Zaratustra. Bueno, le dije yo, quizás ése sí te ayude», relató Arrabal.

A continuación obsequió a los presentes con una teoría general: «Los grandes jugadores de ajedrez de cada época son siempre de la potencia dominante». Puso unos cuantos ejemplos de maestros españoles del Siglo de Oro, italianos del Renacimiento, franceses de la época revolucionaria y rusos, «funcionando como una célula soviética» de nuevo bajo el «culto Stalin».

Pero lo más jugoso fue la anécdota sobre el día en el que Fernando Arrabal le leyó la mano a Juan Carlos I. «Fue en una cena en la que todos íbamos de pingüinos, yo también, por uno de esos premios que se conceden, aunque a mi edad el único premio que me interesa, y que no voy a recibir, es la santidad», prologó el dramaturgo.

Luego confesó que, compartiendo mesa «bastante bebido ya» con el monarca, y después de los discursos de homenaje, éste le advirtió de que ahora le tocaba al homenajeado. «”Pero mire usted -porque nos tratábamos de usted-, es que yo en este estado no puedo”, le dije al Rey. Y él me dijo: “Pues entonces baile usted”». Arrabal lo hizo («y creo que no mal»), aunque en el trance derramó su copa de vino, por lo que el Rey le dio la suya propia, «aunque eso no sea relevante porque el Rey siempre es muy agradable con las gentes de la cultura».

Lo cierto es que, según el «rap» de Arrabal, y en mitad de discusiones sobre si el monarca había de pagar o no impuestos como «su prima» Isabel de Inglaterra, el dramaturgo acabó demostrando que Juan Carlos I, como lo indicaba su conducta, «tiene en la mano la línea de la intuición, línea que no tenía ninguno de los presentes», incluido Camilo José Cela.

«Pero eso no significa que yo haga predicciones sobre el futuro», advirtió el narrador, que de ahí saltó a las matemáticas de Poincaré -«que tiene un nombre perfecto para matemático: “Point”, punto, “caré”, cuadrado»- a su idolatrado matemático de los fractales, Mandelbrot, y de ahí, a otro dramaturgo francés, Paul Claudel, y a su hermana Camille.

En este punto debieron sobrevenir el hambre y la curiosidad deportiva a Fernando Arrabal, quien interrumpió su divertida salmodia para bajar a los ordenadores y consultar en internet cómo van los tableros en Ekaterineburgo, y partir luego, previsiblemente en pos de unos arroces, que sirvieron estupendamente como unos dignos puntos y seguido en su pasmoso torrente verbal.

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Gijón 22-3-06 Spa arrabaliano

J. C. GEA

Como el humor, pero más allá del humor -o quizá en el terreno de cierto humor-, exponerse noventa minutos al chorro verbal de Arrabal tiene unos efectos terapéuticos que, si bien se conocen desde los albores del teatro y quizá también de la poesía, cada vez se nos administran menos. Hay quien dispone de enormes depósitos de conocimiento, pero no sabe hacerlos circular más allá de la velocidad permitida por sus circuitos neuronales. Hay quien ha alcanzado algún tipo raro de sabiduría, pero estos santones suelen preferir la economía verbal, la media voz o incluso el silencio. Y hay personas -mejor dicho, personajes- que ocupan la escena y el lenguaje para erosionar las palabras, desvitalizarlas, banalizarlas y hacernos desconfiar del mismo instrumento con que nos agreden. Menos mal que de vez en cuando se le permite saltar al escenario a un clown brillante, divertido, culto, irreverente y puede que también sabio.

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Gijón 22-3-06 Arrabal, como un tren expreso

El autor compartió 90 intensos minutos con el público gijonés durante la presentación de un número de «La Ratonera» dedicado a su persona

Gijón, J. C. GEA

Salón de actos del Antiguo Instituto. Lleno total. Ambiente muy caldeado. Arriba, Fernando Arrabal con sus presentadores y anfitriones. Abajo, el público. Habla un caballero del público.

Caballero del público (tras una prolija introducción): «Quizás el conferenciante, desde la lógica pura, podría explicarnos cuál es la opinión del conferenciante sobre el principio de tercio excluso aplicado al movimiento surrealista» (ovación y risas del público).

Arrabal (en pie, de negro, con corbatín escarlata y micrófono en mano): «Queridísimo, cultísimo y eruditísimo amigo, el conferenciante, que de paso se llama Fernando Arrabal, y “Fernando” quiere decir, por cierto, “hombre libre y audaz”, le dice que tiene usted razón por los cuatro costados» (ovación, risas y aplausos).

La escena pertenece a los últimos minutos de la intensa y muy gozosa pieza dramática que el dramaturgo Fernando Arrabal compartió ayer con el público gijonés en un acto organizado por la revista teatral «La Ratonera», que dedica su número 16 monográficamente al escritor melillense. Fueron noventa minutos de pugna dramática, jugosa y extremadamente divertida, entre la lógica común y la lógica arrabaliana, en la que, entre fugas pánicas y digresiones biográficas, el escritor dejó caer unas perlas para beneficio general. En escena, con el «libre y audaz conferenciante», el presentador -José Luis Campal- y los miembros de la redacción de «La Ratonera», Roberto Corte, Pedro Lanza y Boni Ortiz.

Como prólogo, se ofreció un audiovisual con imágenes de Arrabal ante los escaparates parisinos; de fondo, «El emigrante», de Juanito Valderrama. Arrabal confesaría después que la canción le encanta y que ha estado a punto de retirarse para enjuagar una lágrima. Tras esto, Campal ofreció una enjundiosa semblanza del invitado, «uno de los pocos dramaturgos españoles que ha saltado ya al siglo XXI».

Durante todo el primer acto, que se abriría a continuación, Boni Ortiz intentó que Fernando Arrabal conjeturase qué podría haber sucedido con un teatro español demasiado apegado al realismo si su antagonista no se hubiese exiliado. Pero el primer pinchazo es en hueso; la pregunta tuvo un prólogo conflictivo.

Boni Ortiz: «Señor Arrabal, me permitirá que no le pregunte por las apariciones de la Virgen…».

Arrabal: «Me alegra que hable de realismo, pero, como rindo culto a la realidad, le rogaría que no ensuciara uno de los momentos más hermosos de mi vida con un plural: la Virgen sólo se me apareció una vez».

Ortiz: «Es que a mí esto de la Virgen no me interesa mucho…».

Arrabal: «A mí sí, fue un momento capital de mis 17 años».

En los siguientes momentos, Arrabal intentó explicar los motivos de su exilio y sus sentimientos en el paso de los Pirineos. Para ello invocó «a una niña española de 9 años que lo dijo mejor que nadie», incluso mejor que «Loyola o Vives». Santa Teresa. Lo que dijo, con añadido arrabaliano: «Me voy de España porque quiero conquistar gloria; no glorieta: gloria, en el sentido más noble de la palabra». Arrabal conjeturó: «Es posible que todos nos fuésemos por eso».

En los momentos siguientes, frente al principio de realidad y la lógica convencional, que intentaba imponer Boni Ortiz, Arrabal demarró hacia la mecánica cuántica, con la que buscó complicidad biográfica, ya que el premio Nobel concedido al autor del famoso «Principio de indeterminación» le fue concedido el mismo día del nacimiento del escritor. No importa que en lugar de Heisenberg se le escapase un Heidegger. Arrabal iba lanzado e hizo ver que el «teatro pánico» -la tendencia dramática que fundó junto a Topor y Jodorowsky- se basa en el Principio de indeterminación, «que ya existía en Shakespeare y que los griegos llamaban equivocidad».

Para respirar, un entremés político. Arrabal describe a los parlamentarios: «Unas acémilas que se encierran en un corral llamado Cortes» y del que «un bedel» del que reserva el nombre le contó que cierto 23-F «se hicieron caca todos». ¿Su partido?: «Un partido anarquista con un solo militante del que, desde que lo fundé, estoy tentado de expulsarme».

En el segundo acto, Arrabal ofreció por fin algo parecido a una respuesta a Ortiz. Una muy humilde: «Lo que me ha pasado a mí es que más vale caer en gracia que ser gracioso, y que este teatro cayó en gracia y atravesó fronteras. Pertenezco a ese tren que atraviesa fronteras, pero eso no quiere decir que sea mejor ni peor que mis colegas españoles o franceses; simplemente, me han colocado en un tren que funciona».
Y que lo ha hecho tan bien que va cargado de premios: nuevo pie a un jugoso monólogo confesional arrabaliano: «No rechazo ningún premio y no exhibo ninguno; los cuelgo en el váter, que es el lugar que más se visita de la casa». La guinda fue para el Nobel y los Nobel: «Es un riesgo que estoy corriendo todos los años y un percance que me va a ocurrir por la edad que tengo; si quieren ver la profundidad de ese riesgo, dense una vuelta por Oviedo».

Entre efusiones hacia Boni Ortiz («¡Querido Boni de mi corazón! ¡Usted tendría que venir a todas mis conferencias!»), consignas («¡Viva la transgresión y la transfusión!»), aforismos («Rezo todas las mañanas para dejar de ser agnóstico») y teorías sobre la historia del arte contemporáneo («Lenin redactó junto a Tzara el manifiesto dadaísta en Zurich»), Fernando Arrabal reservó un momento para descargar una poética contundente: «¡Qué horror esos poetas y dramaturgos que buscan estar representados y subvencionados! ¡En arte nada sirve si no hay compasión y amor, si no follas con tu alma, si no amas apasionadamente!».

Al lado de este momento extático, el resto quedó necesariamente como comedia ligera, incluso cuando Arrabal dijo que «el arte es la explosión de la verdad». Las carcajadas volvieron ante la crítica a «todos los cretinos que ahora están “blogalizados” y cuentan todas las sandeces que les suceden» o teorías literarias («Aristófanes era gilipollas», «Simone de Beauvoir era una cretina»).

Naturalmente, era casi preceptivo cerrar con poesía.

Dama del público: «¿Podría usted recitarnos algo?».

Arrabal (de un salto): «¡Sí, hombre! ¿Qué quiere usted que recite? (piensa un instante) Aprovechando que estamos en Gijón, algo de Campoamor. Soy el único escritor español que usa corbata y que conoce a Campoamor. (Anuda la corbata de lazo, mira al techo del salón): ¡Va por ti, Campoamor! (a petición de Pedro Lanza, recita “El tren expreso”)».

Telón. Gran ovación.

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El Comercio, 22-3-06 «El drama murió con Sófocles, hoy despunta el cementerio de coches»

«Soy un hombre libre y es la libertad la que me permite decir todo lo que me apetece, por eso no tengo mérito»

PACHÉ MERAYO/GIJÓN

Es una de las mentes más despiertas del universo literario. Controvertido por decir siempre lo que piensa, premiado por escribir sus mejores pensamientos, Fernando Arrabal fue agasajado ayer en Gijón con un homenaje en forma de revista dedicada íntegramente a su obra y a la consecuencia de su vida. Tímido, pese a su fama de atrevido, monógamo y enamorado hasta el tuétano (la única que le gana al ajedrez es su mujer), el autor de la ‘Torre herida por el rayo’ dice ya no es rebelde, pero sigue siendo absolutamente libre.

-El Día Mundial de la Poesía le ha traído aquí. Tengo que preguntárselo. ¿Qué es la poesía?

-Estoy en el camino de llegar a saber lo que es. Me ocurre como a San Agustín, cuando no se lo preguntaban lo sabía y cuando se lo preguntaban siempre tenía dudas.

-¿Una duda enriquecedora?

-Que va. Una duda empobrecedora. No he conocido a ningún poeta que se enriquezca.

-¿Y el drama? ¿qué es?

-Algo que dejo de existir. El drama murió con Sófocles, ahora lo que despunta es un cementerio de coches.

-Usted y Jodorowsky crearon el movimiento pánico, ¿me define pánico?

-Es un alarde de precisión en tiempos de confusión. Precisión por la pasión y la exactitud que todos sentimos.

-¿La razón?

-Es la locura que se centra en el hipotálamo. Pero no a la derecha o a la izquierda, sino en el mismísimo centro.

-¿La inteligencia?

-El arte de servirse de la memoria, ni más ni menos.

-¿Sin memoria no somos nada?

-Somos una piedra que no es capaz de ponerse en erección.

-¿Los mitos?

-Mentiras que dicen la verdad.

-¿Los mates?

-Un final inexistente. En una partida de ajedrez el jugador abandona antes.

-¿A quién le gustaría poner en jaque?

-A la reina.

-¿Con quien jugaría su partida de ajedrez soñada?

-Con Dios, pero como le tengo respeto, le daría ventaja y le dejaría salir con blancas.

-¿Le ganaría?

-En una buena partida española, desde luego.

-¿Le han dado muchos jaques?

-Sí muchas veces. Pero la que más me gana es mi mujer, sobre todo en la cama.

-Acaba de editarse un libro que recoge los insultos que le han dedicado. Tiene 500 páginas. ¿Alguno le ha llegado al corazón o a la razón?

-La sorpresa es que sólo tenga esas páginas. Ninguno ha conseguido llegarme a ningún sitio, porque son todos fruto de la estupidez.

-Definame insulto.

-Aberración, majadería de alguien tan cretino como Valle-Inclán.

-¿Valle-Inclán cretino?

-Sí, cuando insultaba. Nada más lejos de la realidad cuando escribía.

-¿Qué le llega al corazón a Fernando Arrabal?

-La imaginación, que es exclusivamente la manera de combinar los recuerdos.

-¿No queda nada por inventar?

-Todo está por inventar.

-¿Le gusta el tiempo que le ha tocado vivir?

-Me encanta. Es casi igual que los tiempos de Platón o de Shakespeare, donde imperaba la confusión, la ambigüedad, la equivocidad.

-Usted se ha dicho inferior a sus obra, ¿por qué?

-Porque en mi obra interviene el espíritu santo.

-¿Acaso está iluminado?

-Sí, por la inspiración, mi barca navega por el don de las lenguas.

-¿Sigue siendo un rebelde?

-Ya no. Hace muchos años que no. Lo que soy es un hombre libre, salvo en el amor. Estoy tan enamorado que en ese escenario tengo y pongo límites a mi amada. Pero es la libertad la que me permite decir siempre lo que me apetece. Por eso no tengo mérito alguno.

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